Te levantas cada mañana muy temprano, y sales a correr. Se ha convertido en un ritual sagrado. Si bien inició como una estrategia para ejercitarte, realmente es algo más profundo. Es tu manera de conectar con el mundo, una herramienta de diálogo interno, una especie de trance temporal, en el cual organizas tu día, reflexionas, analizas, planeas. Ensimismado, parece que el mundo externo se vuelve, poco a poco, un campo silencioso, donde el acto de correr, te permite crear un enlace, con una especie de consciencia superior.
Evidentemente se requiere disciplina, entrenamiento, persistencia, pero tú, Frank, médico de profesión, aún estás en una fase intermedia. Aún hay distracciones en el camino, que intentan sacarte del proceso, que hacen que dudes, y se pierda la profundidad del caso, hasta quedar, algunas veces, todo reducido a una banalidad física, a un acto que si acaso, te permite quemar algunas calorías.
Al principio, te topabas con muchas personas que transgredían tu concentración, al saludarte. Era un saludo cada 2 o 3 minutos, convirtiendo el camino en una especie de "saludaton", en el que tú, entre dientes, contestabas, y luego te costaba volver a tomar el ritmo, volver al trance.
En un día habitual, sueles encontrarte con diferente tipo de personas, que sin importar el lugar, parecen corresponder a un patrón de conducta universal.
Una señora de unos 50 años, trota suavemente con su camándula en la mano. Va susurrando una oración, mientras avanza en las cuentas del rosario, marca coordinadamente cada paso, mira intermitentemente al cielo, sin inmutarse de quienes van a su alrededor, algo que te parece totalmente inspirador.
Más adelante, una pareja de esposos, tal vez ya, en la séptima década de vida, van juntos de la mano, con sus prendas de algodón, casi uniformados, caminan en silencio, la señora cojea un poco, hace una posición antálgica que parece corresponder, a un tema de inestabilidad en una de sus rodillas, mientras él, le brinda apoyo, en medio de su propios pasos adoloridos.
Un abuelito, de unos 85 años, se mueve muy ágilmente, vestido de sudadera entera, manga larga, cuello apretado, sin parecer afectarle el calor intenso, ni la humedad que caracteriza la ciudad, va, eso si, oyendo las noticias en un pequeño radio, que se pega al oído, pero que se escucha, a varios metros de distancia.
Con indumentaria costosa y de marca, con tenis multicolor, cual Cirujano Plástico maratonista, un hombre de mediana edad, de unos 45 años, va a ritmo rápido, con sus audífonos inalámbricos, se detiene cada tanto, apunta el celular a su rostro, gesticula variada y extrañamente, mientras bombardea el metaverso, con una ráfaga fotográfica, haciendo una especie de oda, a sí mismo.
Un caminante zombie, deambula en piloto automático, sin despegar la mirada de su celular, mirando instagram y tik tok, chocando eventualmente con otros, que como él, van en una especie de "Chat al parque", escribiendo y scrolleando de manera desenfrenada.
Una señora de cincuenta y tantos años, hace honor al concepto de corredor o deportista “Golondrina”, término aplicado a quien suele aparecer, cada tantos meses, en el panorama deportivo, usualmente motivado por un impulso temporal (es común el caso de un familiar que le regala un par de tenis o una sudadera) para desaparecer, nuevamente, sin dejar rastro, a los pocos días.
Al pasar por la zona donde están las máquinas de ejercicio, experimentas dos situaciones: sueles sufrir, inevitablemente, viendo algunas personas maniobrar, de manera antinatural, las diferentes máquinas, usándolas equivocadamente, eso sí, con pose de deportistas de alto rendimiento, poniendo en riesgo su integridad y la de cualquier desprevenido que pase cerca, y, por otro lado, “sin querer queriendo”, te pones al dia con las noticias políticas y deportivas locales, el grupo de abuelitos que suele también, congregarse en esta zona, discuten enardecidos por el último desatino del cantinflesco presidente, y por el fracaso, habitual por demás, del equipo de fútbol de la ciudad.
Y doña Juanita, quien vive en el piso siete de tu edificio, una señora de 80 años, muy querida, pasea su amada mascota, un pinscher miniatura, que va dejando sus restos fisiológicos, usualmente más grandes que él mismo, en varios puntos del tramo, y que se convierten en obstáculos a sortear, en trampas, minas quiebrapatas, sobre todo, para los distraídos "Selfie-runners".
Dejaste de saludar a Doña Juanita hace mucho tiempo, y en el pasillo del edificio, le has alcanzado a escuchar, cómo murmura con los vecinos: “ahí va el médico grosero…”
Pero no es con usted Doña Juanita, si acaso está leyendo este escrito, sepa que no es nada personal, es solo la manera de blindarse de cualquier distracción. Dr Frank necesita trabajar en su concentración, mejorar la respiración, la cadencia, el paso, la postura, el ritmo, pero más importante que todo, la conexión con esa consciencia superior, todo lo cual se hace, aún más difícil, gracias a las trampas fecaloides que distribuye en el parque, su apreciado canino.
@ederhernandezmd

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