Sábado por la tarde y Dr Frank, médico internista, camina rápidamente en busca
de un cajero en el centro comercial. Además de
hacer unas compras necesarias, requiere algo de dinero en efectivo. Por eso
decide ir a uno de los centros comerciales más grandes de la ciudad. Procura
casi no frecuentarlos, porque siempre el ambiente se torna caótico, más los
fines de semana y peor aún en días de pago. Además, suele percibir un ambiente
vertiginoso que emana de las personas con sus prisas patológicas.
Toma la
escalera eléctrica y puede observar la panorámica global: gente comprando
frenéticamente, en su mayor parte, cosas que no necesitan, pero además, ve como
la mayoría deambula con ritmo acelerado, muchos van como mutantes con la mirada
enterrada en su teléfono móvil. Se esquivan como por sensores invisibles, para
no chocarse; y ahí van, en cuerpo presente, pero con la mente instalada en el
metaverso.
Dr Frank ha decidido desde hace algún tiempo revelarse a esa esclavitud digital. Ha conseguido un teléfono análogo, de los de antes, el de los abuelitos. Un Nokia 1100. En su momento, hace ya muchos años, era todo un suceso con su linterna de luz blanca y su famoso juego de la culebrita, en el que muchos pasaban horas y horas. Coherente a esto, suspendió su plan de datos en el celular y solo usará el teléfono para lo que se supone fue creado inicialmente: ¡para llamar!, evitando así la hiperconectividad. ¿Habrá ganado la batalla a la esclavitud digital?
Ya frente a
la zona de cajeros automáticos, como era de esperarse, solo funciona uno y
claro, hay una fila interminable.
Los rostros
angustiados de quienes esperan, se exacerban porque una señora ya entrada en
años, parece estar "dialogando" con el cajero automático,
contemplándolo, aconsejándolo, sin caer en cuenta que, si desea algún día
retirar dinero, debe iniciar al menos, por insertar la tarjeta en la ranura…
La gente en
la fila comienza a desesperarse. Sus pacificadores digitales hacen su labor,
pero al mismo tiempo, la quietud en un solo lugar, ya comienza a calentar los
ánimos.
Minutos más
tarde, aún en el mismo sitio y después de intentar introducir con maniobras
casi acrobáticas la tarjeta una y otra vez… la señora se percata (¡ups!) de que
no es compatible, pertenece a otra entidad bancaria…
Dr Frank lo
asume con tranquilidad. Ha estado leyendo sobre como eliminar la prisa y
desacelerar ese ritmo frenético en el que nos lleva la sociedad. A manera de
rebelión, también ha decido andar con un libro, un ejemplar tradicional, de los
de antes y lo usará como escudo en los momentos de ansiedad digital.
En frente
del cajero hay una cafetería. Una franquicia famosa, de esas que cobran en un
café, lo que vale la bolsa entera del grano molido. Las mesas están
totalmente llenas. La mitad de las personas están muy cómodamente desparramadas
en las sillas, obviamente sin consumir nada, pero casi todos, por supuesto,
atrapados en el metaverso. Una familia llama la atención de Dr Frank. Una
pareja y 3 niños de unos 2, 3 y 6 años aproximadamente. La señora y quien
parece ser su esposo, no se determinan. Ambos se encuentran embebidos en las
pantallas de sus costosos celulares de la manzana, y los niños, acreedores ya
de sus propios aparatos, emulan el comportamiento de sus progenitores. ¿A qué
grado de perversidad hemos llegado? Si es así ahora, ¿qué más nos tendrán
preparados los dueños de la información y la tecnología desde Silicon
Valley?
Dr Frank se
promete que, con sus hijos, hará lo imposible por no llegar a caer en tan
degradante comportamiento.
Casi 1 hora en la fila, turno para que Dr Frank retire su dinero. Una luz titilante en el cajero presagia un final no muy grato luego de tanta espera. “Cajero automático sin red, intente más tarde”.
La tecnología parece también revelarse ante Dr Frank y le confiere un golpe directo a la mandíbula. Podría tratar de usar la transferencia como medio de pago para sus compras, pero su celular análogo, el Nokia 1100 de teclitas, solo puede ofrecerle, a lo sumo, calmar los ánimos jugando a la culebrita.
Nada que
hacer. Fin de la partida. El metaverso: 1, el internista cero.
@ederhernandezmd

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