Capítulo 3. Un Internista, por todo lo alto: A propósito de los miedos y el sentido de la vida


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El avión ha entrado en una zona de turbulencia y Dr Frank, el internista, se ha despertado abruptamente. El ansiolítico había logrado su cometido, pero el movimiento brusco de la aeronave, acabó con la tranquilidad.

El día no había iniciado bien. Tuvo que correr para alcanzar el vuelo de Iberia, que lo llevaría desde Bogotá, rumbo a Madrid. A pesar de que usualmente, terminaba disfrutando cada viaje, lo cierto es que la ansiedad que le generaba volar, parecía renovarse en cada subida a un avión. Saber que faltaban aún nueve horas de vuelo, y luego, una maratónica conexión rumbo a Lisboa, le hacían anhelar dosis extras del ansiolítico, que había enviado por error, en el equipaje de abajo.  

Estaba muy agotado. La noche anterior había asistido a la fiesta de cumpleaños de un gran amigo (un hermano de otra madre, solía decir), quien desde hace muchos años ya, vivía en el exterior; de profesión aventurero, y en sus ratos libres dedicado a la electrofisiología. Había venido a festejar sus 40 años.

Hubo algo muy importante en esa fiesta, que había quedado resonando en la mente de Dr Frank, dándole vueltas obsesivamente. Le habían organizado un video conmemorativo, el cual proyectaron en mitad de la celebración. Personas de varias partes del mundo, con quienes su amigo había compartido experiencias, le enviaban sus afectos y buenos recuerdos: unos colegas de su especialidad médica en Barcelona, ciudad que lo albergó más de 7 años, otros amigos de su trabajo y estudios en Canadá, compañeros de Brasil donde vivió varios meses desarrollando un proyecto de investigación, parte de su equipo de entrenamiento con el que se convirtió en el primer colombiano en cruzar a nado el Estrecho de Gibraltar (conocido históricamente como las Columnas de Hércules, punto de separación entre Europa y África), amigos de su desafío en el Lago Ontario, donde nadó 18 horas ininterrumpidas en aguas casi congeladas, otros del grupo con quien cruzó el Canal de Catalina, en el Océano Pacífico, en medio de aguas infestadas de tiburones, hasta Long Beach en Los Ángeles, USA; entre otras hazañas, con las que apoya causas sociales, como a los jóvenes de una fundación en su tierra natal, quienes, por supuesto, hicieron presencia en el video, interpretando una canción en su honor. En fin, durante ese largo vuelo, reflexionaba el internista, y se hacía la gran pregunta: ¿Qué se podría ver en un eventual video sobre su vida? Si hubiera sido su cumpleaños, ¿Cuál sería el balance audiovisual, la recopilación fílmica de experiencias multiculturales, las imágenes cargadas de adrenalina, los amigos de todos los confines del mundo? ¿Habría tiburones, mares indómitos, lugares históricos? ¡Nada! Solo veía la misma rutina, transitando en piloto automático, por los mismos días calcados.

El vuelo se ha estabilizado. El Airbus A350-941, un titanic del aire, vuela silenciosa y sosegadamente. Le han servido pulpo a la gallega y una copa de merlot, lo cual lo ha reconfortado y le ha devuelto el alma al cuerpo.

Pocos minutos después, una nueva sacudida de la aeronave, saca una vez más del paraíso a Dr Frank.  Algunas maletas alcanzan a generar un ruido intenso al chocar en el compartimento superior, amenazando con caer. El piloto hace anuncio de turbulencia, pero que: “en nada afectará la seguridad del vuelo…”, una frase rutinaria de la que él siempre ha desconfiado. 

El avión entró en una inesperada tormenta que empezó a sacudirlo fuertemente. El ruido de la intensa lluvia y los truenos que se veían en el horizonte, comenzaban a inquietar hasta a los más confiados tripulantes. Dr Frank se encuentra acurrucado en su asiento, amalgamado a este, y como todo mal creyente, ahora si se acuerda de un ser superior que tenía olvidado y comienza a hacerle promesas, a pedirle milagros y favores, así, sin vergüenza alguna.  

A esta escena digna de una película de Netflix o Prime Video, se le sumó otra que empeoraría todo. Una mujer de unos 65 años, ubicada al final del pasillo, comienza a gritar estrepitosamente, a hiperventilar y respirar con dificultad. Decía que se iba a morir, que el avión se iba a caer. El mal tiempo y la incómoda situación con la señora, comenzaban a alterar al resto de la tripulación. Seguidamente, una de las auxiliares de vuelo, anunció la pregunta que adentraría al internista en una pesadilla más aterradora aún: “atención, todos los pasajeros, ¿hay algún médico a bordo?”

-Esto tiene que ser una broma, piensa Dr Frank. 

La verdad sea dicha. Él pensó en no decir nada, en quedarse callado, ¡era una víctima más!, él también necesitaba ayuda, pensó. Algunas personas les temen a las arañas, otros a las serpientes, bueno, ¡él le temía a volar!, a estar en una tormentosa turbulencia. Era su derecho estar ahí, en silencio, agazapado, en angustiosa oración. 

-Que se levante otro, imposible que, en este avión tan grande y ocupado completamente, no se encuentre otro profesional. 

¿Y qué pensaba Dr Frank?  ¿Qué iba a vencer a su infranqueable superyó, así, como si nada? Un superyó tan impenetrable que haría temblar al mismísimo Sigmund Freud. 

Al segundo llamado, Dr Frank, tembloroso y tambaleante, levantó la mano. Aceptó ir a valorar y ¡acompañar! en el trayecto a la señora, en la penúltima silla, al lado del baño, donde más se sentía el balancear del aparato. 

Transformado en una versión mejorada de sí mismo, se acercó a la señora. Rápidamente ganó su confianza, hizo las preguntas de rigor, tomó signos vitales con unos implementos que facilitó el auxiliar. Solo conversar con ella, bastó para tranquilizarla, al ver al médico seguro y confiado, a pesar de la inclemente turbulencia (ya sabemos de la vena artística del galeno). Se aquejaba además de un fuerte vértigo. El auxiliar le acercó una caja con medicinas. Dr Frank las revisó, todas ya de empaque amarillento y desgastado. Tuvo que atravesar nuevamente el trayecto hasta su antiguo asiento, para ofrecerle a la señora, de su botiquín personal, un medicamento adecuado. 

Y allá estaba el internista, desde lo más alto, a más de 30.000 mil pies, atravesando el Atlántico norte; se sentía un héroe, había ayudado a la señora venciendo su propio miedo, la gente lo miraba con admiración. -Este sería un logro para mi video, una historia para contar, se dice Dr Frank. El suceso había sido una especie de descarga eléctrica, de choque energético, que lo había sacado de su zona de confort, del aletargamiento. En medio del éxtasis, llegó a pensar que esto era una prueba irrefutable de que estaba hecho para conquistar el mundo… 

Aterrizan en el Aeropuerto Internacional de Barajas, y un equipo médico esperaba a la señora. Dr Frank se quedó hasta lo último, para hablar con el encargado que recibiría a la paciente. El capitán y las auxiliares de vuelo agradecieron su ayuda y le pidieron su teléfono y correo electrónico, asegurando que la aerolínea se pondría en contacto con él. 

Nunca lo llamaron. 

En medio de la euforia del momento, había perdido la noción del tiempo. Caminaba por el aeropuerto con la satisfacción del deber cumplido, además, se venía una semana en tierra europea, linda oportunidad para seguir construyendo el libreto de su propio video, encaminándolo hacia su propósito de vida. Repentinamente, escucha un anuncio en el altavoz principal: “último llamado, pasajeros rumbo a Lisboa, estamos a punto de cerrar las puertas”. 

Eran como 3 o 4 kilómetros entre la puerta de llegada y la de abordaje, rumbo al nuevo destino, entre una multitud de viajeros de todas las lenguas, pasillos interminables, escaleras, ascensores y un tren interno de conexión. 

De un momento a otro, la película de acción se convierte en comedia. El héroe se transforma en un alma errante, un corredor anónimo que busca no quedar atrapado en una mole de cemento, y se abre paso entre otras almas, también afanadas, que van en todos los sentidos, cruzando esa Torre de Babel.

Lo de conquistar al mundo... bueno, sería en otra oportunidad, por ahora, bastará con tratar de alcanzar el avión rumbo a Lisboa.


@ederhernandezmd

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